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San Lorenzo es uno de los barrios de moda de Roma. En la parte arqueológica, como en toda la capital de Italia, hay cosas que ver. Un arco construido en el siglo V antes de Cristo. Un conjunto de murallas. También era donde Pier Polo Pasolini y Alberto Moravia hacían sus tertulias. Pero es estar al lado de lado de la Sapienza, la universidad más importante de Roma, lo que ha convertido este antiguo quartiere industrial en un centro neurálgico del bebercio, la comida y la diversión. Eso sí, nocturna.

Entre sus locales, uno de los más interesantes es el Pastificio San Lorenzo. Un pastificio es, básicamente, una fábrica de pasta. Comunes por Italia, el cambio de hábito de los consumidores, que comenzaron a realizar sus compras en supermercados y grandes superficies, obligó a que muchos de estos locales cerrasen durante décadas creando una oportunidad para que los hípsters del siglo XXI se hicieran con ellos al calor de los movimientos de vuelta a los orígenes y el comercio de proximidad.

Pastificio Cerere, the courtyard. Credits: Studio Ottavio Celestino

 

El Pastificio San Lorenzo es una brasería. Entre sus platos puede encontrarse carnes, pescados, aperitivos… y, por supuesto, pasta. Según la Guía Michelin, es “un local de estilo internacional” y “la mesa no decepciona, sino que seduce por su capacidad de conjugar regionalismo y modernidad con admirable desenvoltura”. El chef es Stefano Patelli, romano de madre austriaca que trabajó con el anterior cocinero, Fabio Pecelli, uno de esos profesionales jóvenes que los que saben de cocina denominan como “audaz” y “emergente”.

Este restaurante surge como spin off de una iniciativa artística, la Fondazione Pastificio Cecere, establecida en 2004. Ubicada en la misma fábrica de pasta, el edificio fue construido en 1905 y estuvo operativo hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Fue en los 70 cuando varios artistas comenzaron a ocupar esta fábrica abandonada.

Pastificio San Lorenzo, the restaurants. Credits: Studio Ottavio Celestino

 

Allí se creó el llamado Grupo de San Lorenzo, un conjunto de artistas contemporáneos que vivían y trabajaban en ella. Formado por nombres como Bruno Ceccobelli, Gianni Dessì, Giuseppe Gallo, Nunzio Pizzi Cannella y Marco Tirelli, todos estaban dentro del Arte Povera, un movimiento italiano que se caracteriza por el uso de materiales perecederos y no industriales, por lo que la obra va transformándose según se deteriora.

Fondazione Pastificio Cerere, exhibition space. Credits: Studio Ottavio Celestino

 

Usando el capital emocional de esta herencia, la Fondazione Pastificio Cecere creó una serie de actividades y servicios. Entre ellos destaca, además de los talleres y cursos de moda, comunicación y arte, la residencia de artistas para jóvenes artistas que vivan en Italia. Con una convocatoria anual, los afortunados escogidos reciben seis meses de residencia en el Pastificio Cecere, facilitándoles un espacio para trabajar y vivir.

El objetivo es “proveer de un lugar de encuentro entre diversos lenguajes, ideas y prácticas para que así estos jóvenes artistas puedan avanzar en el desarrollo de su poética y lenguaje artístico”. Desde 2011, además, tienen un programa para curadores en el que un elegido por la fundación propone un programa cultural anual que incluye la producción de textos, monografías y exhibiciones.

Fondazione Pastificio Cerere, events. Credits: Gianfranco Fortuna

 

Al final, el Pastificio Cecere es una obra de arte que cumple la gran característica del Arte Povera que le diera fama. De factoría a local abandonado, a lugar de bohemia artística, a oficialidad del arte contemporáneo y restaurante. La obra, como el pastificio y lo que alberga, se transforma con el tiempo.

 

Cover Photo: Pastificio Cerere, the building. Studio Ottavio Celestino