La prosodia de un nombre

Bilbao

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No conocía ni el Nervión ni esas fábricas que tallaban el horizonte. Ni siquiera era capaz de situarla en un mapa sin titubear. Pero le gustaba la prosodia del nombre. Bilbao: golosina de la ‘b’, goma elástica de las vocales. De ahí que le dedicara rimas a su ‘luna roja’, a los salones por los que corría el brandy o a la hierba donde germinaba el amor. El dramaturgo y poeta alemán Bertold Brecht se alió con el compositor Kurt Weill y le dedicó a esta urbe vasca un tema infinito, que ha pasado por distintas voces en diferentes estilos, desde el jazz hasta el villancico.

Bilbao Song se creó en 1929 para el musical Happy end, un encargo tras el éxito previo de La ópera de cuatro cuartos, de 1928. La trama de Brecht y Weill recordaba la secular lucha del bien y el mal con un romance entre dos personas de estatus diferentes, una trabajadora social y un gánster. También incluía crítica social y elementos marxistas, como ya habían hecho estos dos intelectuales de izquierdas con el libreto anterior. Bilbao era el lugar donde se reflejaba la pérdida de la juventud, el fin de la inocencia.  

Nunca, sin embargo, la había pisado. No hay registro de sus pasos por la capital vizcaína ni datos biográficos que lo relacionen con ella. “Brecht había visto el nombre en un mapa y le gustó la suma de sus letras. Lo pronunció en voz alta y aún le gustó más. El sonido de aquel lugar extraño para él lo quiso hacer familiar con la música de sus versos”, escribía Vicente Molina Foix. Fue el azar lo que hizo que la inmortalizara, ignorando que las nubes suelen cubrir el cielo que alababa.