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A Cuba y España les unen una historia común, un idioma, cierto parecido en el carácter e incluso la herencia genética de millones de ciudadanos. A España y Cuba, además, les une —como a casi cualquier nación del globo— su afición por los bares. Y, a modo de apellido necesario cuando se escribe algo relacionado con el alcohol, también les hermana uno de los personajes fundamentales del siglo XX: Ernest Hemingway.

El escritor norteamericano es conocido por su legado literario, pero su nada desdeñable tenacidad a la hora de cerrar locales constituía otra de sus mejores aptitudes. Legendario es su paso por El Floridita de La Habana, donde dejó su codo (hoy de bronce) hincado para siempre en la barra. Lo mismo hizo en algunos bares de Montparnasse cuando recaló como corresponsal del Toronto Star en París. Y la continuación de la historia etílica (y literaria) tuvo lugar en España, a donde llegó en 1937 a cubrir para la North American Newspaper Alliance la Guerra Civil.

Desde aquella década, a sus treinta y muchos (nació en 1899 en Oak Park, Illinois, y se quitó la vida en 1961, en Ketchum, Idaho) no dejó de volver una y otra vez. Su popularidad ya era notable: acumulaba en su bibliografía una novela titulada Fiesta (1926) sobre la denominada Generación Perdida, la gran historia de amor en medio de la Primera Guerra Mundial, Adiós a las armas (1929), y un romance de trinchera republicana en ¿Por quién doblan las campanas? (1940). Nunca abandonó ese interés en lo que le rodeaba, esa “mezcla con la vida” que recomendaba como escritor y la incesable búsqueda de “veracidad” en cada frase, algo que le exigía a la novela por encima de la experimentación.

Pero sus aficiones se complementaron. Cayó rendido por las corridas de toros y por los encierros de San Fermín; disfrutó de Madrid y sus paseos Gran Vía abajo hasta Chicote; y le asombró la atmósfera cultural y de libertad barcelonesa. Allí eligió varias mesas de cantina como sucursales de su oficina: una del bar Marsella, taberna de 1820 en El Raval, y otra de la coctelería Boadas, a un paso de La Rambla. “Solía ponerse en la última de la derecha según se entra”, afirma desde este último Adal Márquez, jefe de barra de 36 años. “Bueno, en realidad se sentaba donde podía, porque esto suele estar lleno”, rectifica.

Lo que tiene claro es su combinado preferido: el daiquiri “a la cubana”. “Como volvía de La Habana, nos pedía que le echáramos hielo picado, que aquí no se estilaba, y que tuviera limón en lugar de lima, de la que ya estaba harto”, explica el empleado, que presume de la presencia de otras muchas personalidades a lo largo del siglo de existencia del local. “Además”, continúa, “en lugar de azúcar le echábamos licor de marrasquino, porque era diabético”. Adivinad cómo se llama ahora el cóctel: ‘Daiquiri Hemingway’. También, apostillan en la web HiddenBarcelona.com, llegó a aficionarse al carajillo.

“Se relacionó con Picasso, Dalí o Miró en nuestro salón, que eran habituales. Él llegó aquí porque el dueño, Miguel Boadas, era hijo de emigrantes que fueron a Cuba. En la isla trabajó en El Floridita y cada vez que Hemingway volvía a España se acercaba a verle, porque eran amigos, y a pasar horas en el bar”, comenta Márquez, bien documentado por las historias que le han llegado y por las fotos que ha visto en alguna ocasión.

Quiso el destino que la musa que inspiró ¿Por qué doblan  las campanas?, la enfermera María Sans, fuera de Lérida y pasara su vida en la región. Algo que Hemingway recordó muchas veces, mientras paseaba por sus barrios preferidos de la Ciudad Condal: por allí había escapado al terminar la cobertura de la contienda y nunca más volvieron a encontrarse, según lamentaron los dos al final de sus vidas.

¿Qué más dejó Hemingway en la gran urbe mediterránea? No mucho, la verdad. De vez en cuando subía desde Madrid junto con el torero Antonio Ordóñez para verlo en La Monumental. Pero su figura, de la que decenas de rincones se vanaglorian a menudo, desde Ronda hasta Florida, quedó pronto sepultada por otros novelistas de relumbrón como Manuel Vázquez Montalbán o Roberto Bolaño. Jamás escribió aquello de que Barcelona era una fiesta que te acompaña desde la juventud, como dijo sobre París. En cualquier caso, a nadie le importa: en todas las ciudades hay bares. Y Hemingway, haya estado o no, une a todas las ciudades.

Fotos cedidas por coctelería Boadas