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En breve se cumplirán cincuenta años del primer trayecto que hizo ese peculiar medio de transporte madrileño que es el Teleférico. Su inconfundible olor a ozono recuerda a las maquinarias lúdicas del cercano Parque de Atracciones, verdadera Arcadia de los niños de Madrid, y no solo de Madrid.

El pequeño autobús aéreo invierte once minutos en la ida y otros tantos en la vuelta, aunque esta última puede reemplazarse por un paseo cruzando la Casa de Campo a través de encinas y pinos para llegar a la entrada del mencionado Parque.

Todo es modesto y a la vez entrañable en este lugar muy poco visitado por turistas, acaso por estar fuera del perímetro que suele considerarse el centro histórico de Madrid. Situado en el paseo de Rosales, la estación de metro más próxima es Argüelles, en la calle Princesa. Está cerca del muy apreciable Templo de Debod, que es el mayor de sus características que existe fuera de Egipto, por lo que una visita conjunta puede ser una buena opción.

El mirador de Moncloa, popularmente conocido como “La Piruleta” también se encuentra a una distancia que se puede cubrir con un paseo, y la combinación para tener una vista de pájaro de Madrid es muy eficaz.

Las cabinas del Teleférico eran inicialmente rojas, en unos tiempos en que este color estaba bajo sospecha, pero desde hace años fueron repintadas de azul con números blancos, aunque los interiores apenas han cambiado. Entrar en cualquiera de las dos terminales, la de la Casa de Campo o la de Rosales, es un viaje en el tiempo con sonidos, olores y destellos de ingeniería de otros siglos, como las poleas gigantes, las ruedas o los remaches de los mecanismos de tracción.

Al iniciar el recorrido una locución tan naif como entusiasta comienza su discurso con un “¡Hola, soy el Teleférico!” que puede causar sobresalto. Luego esa locución va desgranando lo que se ve a derecha e izquierda, con mayor o menor acierto.

Como por ejemplo la catedral de la Almudena, el río Manzanares, los edificios de la plaza de España, la Telefónica en la Gran Vía, y más al norte las cuatro torres de Castellana; y más aún, la Sierra de Guadarrama cuyas cumbres nevadas pueden observarse en los días claros. Las vistas son impresionantes y ofrecen la postal más singular de la ciudad.

¿Por qué esperar a alcanzar la otra terminal para desempaquetar los bocatas y abrir unas latas bien frías que podemos llevar en una bolsa isotérmica dentro de la mochila? Brindar viendo el skyline de Madrid mientras nos comemos las croquetas es algo muy agradable. No olvidar servilletas y cubiertos para darle más empaque al festín. Y si en vez de unas latas portamos una botella de cava con su correspondiente enfriador, y un par de copas de vidrio, para que el brindis sea más auténtico, el resultado merecerá la pena.

La sensación de vértigo controlado que provoca deslizarse a cuarenta metros sobre el suelo es muy agradable. La Casa de Campo ocupa en el mapa de Madrid una situación parecida al Bois de Boulogne en Paris, y en ambos casos se trata de los grandes pulmones de las dos urbes, emplazados al sudoeste y con una gran biomasa que ayuda a obtener una atmósfera limpia, como recuerda el característico olor de los pinos que se cuela por la ventanilla de las cabinas.

También se puede ir provistos de unos buenos prismáticos y ampliar así los detalles del horizonte. En algunos tramos de su recorrido el Teleférico sobrevuela viviendas con una inquietante proximidad, suponemos, para sus habitantes, que se pueden sentir permanentemente vigilados por desconocidos  diez metros sobre sus cabezas.

Esta impar y poco conocida atracción permite ver Madrid desde una perspectiva diferente a cualquier otra por un precio aproximado de cinco euros por persona, pero conviene estar atento a los horarios de regreso, que cambian dependiendo de la época de año, por razones de visibilidad y meteorológicas. Si dejamos escapar el turno, se corre el riesgo de perder el último Teleférico de vuelta en medio de ninguna parte, ya que la Casa de Campo en esa zona solo tiene encinas y algún arbusto; si bien es cierto que se ven corretear conejos y que se ha informado de la presencia de zorros.

Capturar Pokemon, rodar un cortometraje, disfrazarse durante el trayecto, jugar al ajedrez, oficiar una boda, celebrar un minicumpleaños (en cada cabina caben cuatro personas) o recitar a Espronceda. Once minutos se pueden aprovechar muy bien, el límite está en nuestra imaginación. ¿Cómo será Madrid dentro de otro medio siglo? La respuesta estará en el Teleférico…