COMPARTIR
5

La costa balear se llena de gente todo el año, pero especialmente en verano. A esta compañía inesperada, el mar y la roca les facilitan otro pasatiempo: construir monolitos de piedras. Costumbre ancestral, impulso casi infantil, su explosión en los últimos años en el litoral de las islas Baleares (sobre todo en el recorrido de El Pas d’Es Trucadors, en Formentera) ha llamado la atención de los grupos de conservación: que se utilice como supuesto canalizador de energía no implica que ayude al entorno.

“No es algo que afecte solo a nuestras costas. Es un problema global desde hace ya casi una década”, advierte Toni Muñoz, del Grupo Balear D’Ornitología i Defensa de la Naturalesa (GOB). “Conlleva dos tipos de impacto: por un lado, el medioambiental, ya que destapa raíces de plantas endémicas y biotopos con unas condiciones de vida concretas de luz o humedad. Por otro, paisajístico, ya que impide tener una percepción del lugar sin alteraciones”, resume. Aunque parezca un rito atávico o un modo de despertar el lado más místico, la solución para fundirte en la naturaleza pasa por no transfigurarla.