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Todavía hay quien pasa frente a los muros de la prisión de La Roquette a una velocidad superior a la permitida. Entonces, en el cruce de la calle homónima y la Rue de Croix Faubin, unas irregularidades en la calzada le hacen sentir su yerro. No son baches, es una guillotina. Bueno, era. Cinco pequeños rectángulos tallados en el asfalto, en medio de un paso de cebra, muestran las bases donde encajaba el artefacto para decapitar reclusos.

Las muescas no sólo avisan de la rapidez a la que conduces, sino que dejan entrever la historia reciente de la capital de Francia. Entre 1851 y 1899 se ajustició aquí a unas 69 personas, según los datos que proporciona la web AbsolutViajes. Todas ellas, presos comunes: a los de un rango superior se les ponía punto final en la plaza de la Concordia (valga la paradoja).

Foto: Cédric Gravelle

 

Próxima a la estación de Parmentier, en el distrito IX, los restos de la guillotina formaban parte de la cárcel La Roquette, inaugurada en 1830 y cerrada en 1974: ahora es un parque y sólo se mantiene la puerta principal, pero en sus años de actividad llegó a albergar a miles de reos. Hasta 1935 estuvo pensada para custodiar a jóvenes de entre 14 y 20 años. Luego se convirtió en una prisión de mujeres. Y aunque la cuchilla de fuera dejara de usarse a finales del XIX, dentro siguieron rodando cabezas hasta 1949. La misión en estos tiempos es recordar esos funestos sucesos y tratar de evitarlos, incluso controlando el tráfico.