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“Esta afortunada isla de Fuerteventura, de clima admirable. ¡Qué sanatorio! ¡En mi vida he digerido mejor mis íntimas inquietudes! Estoy digiriendo el gofio de la historia”, escribió Miguel de Unamuno en el periódico Nuevo Mundo de Madrid. En Fuerteventura estuvo desterrado el filósofo en 1924 durante cuatro meses. En el tiempo que duró su destierro, pero también después, dio a conocer la isla canaria como nadie lo había hecho entonces. Tanto disfrutó de su aire que solía subir a la terraza a tomar el sol mientras escribía desnudo. Dicen que fue el primer nudista de la isla, aunque sus vecinos no disfrutaron su actitud exhibicionista tanto como él.

Que era relajante, que hacía sentir bien, que dejaba nuevos a aquellos que rozaba, son algunas de las creencias más extendidas en torno a la brisa de Fuerteventura. Lo que relaja en las playas de la isla majorera se encuentra en cualquier otra, pero aquí siempre ha tenido un valor especial: la brisa arrastra sales marinas y contiene una gran carga de iones negativos, que tienen efectos beneficiosos sobre las personas. Pero se dice que en Fuerteventura se nota más porque contiene estas partículas de manera más concentrada.

Con 150 kilómetros de playa, es la isla con más litoral de las Canarias. También es la más antigua y la más próxima a África. Sus playas son tan puras que, además, la UNESCO la declaró Reserva de la Biosfera en 2009.

El agua, la brisa, la arena y el sol se conjugan para crear una sensación de relax en zonas costeras. Es difícil demostrar con exactitud los efectos que todos estos factores tienen sobre las personas porque la sugestión también hace su parte. También, porque lo raro sería inquietarse sobre una hamaca o haciendo el muerto en el mar con los ojos cerrados. No ahora: la idea de la playa como lugar de vacaciones es muy reciente.

Hace dos siglos era el lugar del que salían los monstruos y de donde llegaban todos los males y epidemias. Del mar no solo llegaban monstruos marinos; allí tenían lugar los naufragios y se originaban catástrofes naturales que afectaban a los habitantes de las costas. Solo una amalgama de arte, transporte y medicina propiciaron la visión actual de la playa a partir del siglo XIX.

Cuando a la aristocracia británica comenzó a sentir la necesidad de cuidar de su salud fue cuando se empezó a hablar de las cualidades de las playas. En algunas costas se construyeron resorts a partir de 1720. Los médicos comenzaron a recomendar estancias junto al mar y los pintores hicieron su parte reflejando paisajes bucólicos que borraron esa imagen del mar como boca de un temible monstruo. También los poetas tuvieron mucho que ver en esta nueva idea. En el caso de la brisa, uno de los primeros poemas que ensalzaban el litoral, La playa de Dover, de Matthew Arnold, aludía al “dulce aire nocturno”. En su poema, el mar no arrasaba la tierra, sino que la besaba.

Fueron así aumentando las metáforas que suavizaban la imagen del mar y convertían el enfrentamiento con el hombre en una relación plácida. Cuando el ferrocarril logró hacer accesible cualquier lugar, con la reducción de coste que supuso para los viajes, la playa se convirtió en un lugar accesible a todas las clases. El cambio de clima, pero sobre todo la brisa marina, fue lo que más recomendaron los médicos victorianos del mar.

La sensación de relax y bienestar se ha relacionado con los iones negativos del aire. Un ión es una partícula formada por un átomo que gana o pierde electrones. Si la cantidad de electrones es superior a la de protones, el ión será negativo y, paradójicamente, beneficioso. Los iones positivos, con menos electrones, son los perjudiciales.

Algunos de los factores que propician una mayor carga de iones negativos se concentran en torno al mar: junto al sol, las olas y las corrientes marinas favorecen esa concentración, que suele darse especialmente en zonas costeras y montañas.

Cuando el patólogo y bacteriólogo Albert Krueger, de la Universidad de California, realizó sus estudios en este sentido, llegó a la conclusión de que los iones negativos llegaban a tener el mismo efecto que los tranquilizantes químicos. La clave era la serotonina, que los iones positivos disparan, provocando alteraciones, estrés y ansiedad y que, según Krueger, los iones negativos reducen, creando una sensación relajante.

En el caso de Fuerteventura, la llegada del turismo también debió mucho a un escritor. Miguel de Unamuno fue el primero que encontró bonito un lugar que se consideraba hasta entonces un desierto sin nada relevante. Le habían exiliado a ese lugar considerado indeseable, pero él supo reconocer su belleza y le devolvió lo que le había aportado dándole fama. Por Fuerteventura, Unamuno paseó cuatro meses feliz. Dicen que hasta jugaba con las niñas que saltaban a la comba en la playa. Aquel exilio venturoso llegó al cine gracias a Miguel Manchón bajo el título, nada casual, La isla del viento.

Unamuno salía a pescar y a dar paseos por Playa Blanca. También se sentaba sobre una roca y hablaba con el mar. Fue como reencontrarse con el océano o como si no lo hubiera conocido nunca. En Fuerteventura, decía, había llegado “a una comunión mística con ella [la mar], donde he sorbido su alma y su doctrina”. De aquella roca, cuando se fue, dijo que la había dejado llorando.