COMPARTIR
5

Nemo 33, bautizada en honor al mítico capitán de 20.000 leguas de viaje submarino, es un edificio piscina. Ubicado en la Rue de Stalle 333, al sur de la capital de Bélgica, es el resultado de ocho años de trabajo del ingeniero y submarinista John Beemaerts. Cansado de tener que iniciar a los nuevos  acólitos de la religión del buceo en el peligroso Atlántico, concibió Nemo 33 como una opción más agradable.

Con ayuda del arquitecto Sebastian Moreno-Vacca, finalmente se inauguró en 2004 Nemo 33. El 33 hace referencia a la profundidad máxima de la piscina, 33 metros, aproximadamente un edificio de 10 plantas. Durante una década fue la piscina más profunda del planeta, hasta que la Y-40, en Padua, Italia, vino a quitarle el récord.

Pero ¿cómo es meterse en un edificio inundado? ¿Cómo es adentrarse en un espacio tan extraño? Según las referencias de quienes lo han probado, es “una experiencia insólita” con  “la sensación de adentrarse en una fantasía futurista y aséptica, un desconcertante cruce entre un quirófano subacuático y un silo de misiles inundado”, explicaba en su momento la revista Inmersión. En realidad, Nemo 33 es una matrioska, un edificio dentro de otro. Los primeros 12 metros de la fosa  están sobre el nivel de la superficie, pero los siguientes 21 van internándose, como en otra novela de Verne, en Un viaje al centro de la tierra.

Además, en caso de que el acompañante tenga aversión al agua o simplemente piense que las vacaciones no son para hacer deporte, hay un restaurante y una zona de ocio. En las paredes hay ventanas donde se pueden ver los movimientos de los buceadores y la oferta gastronómica es tailandesa. Eso no es casualidad. El turismo de buceo tiene una de sus mecas en la país del sureste asiático. Un homenaje justo en un buceo diferente.