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Hubo un lugar en el planeta donde se llevó literalmente a la práctica el sueño de un ‘ciudadano del mundo’. La utopía se materializó en Tánger, que durante cuatro décadas se distinguió por ser la ciudad más cosmopolita de nuestro entorno. A lo largo de la historia, esta metrópoli había sido un ejemplo de convivencia entre religiones y razas, pero las potencias coloniales dieron un paso más allá al proclamarla zona internacional en 1923. Esto derivó en que la gobernanza de la cuidad norteafricana fuese una tarea compartida entre varios países. El malabarismo diplomático intentaba, con esta anomalía jurídica, preservar su neutralidad dado su valor estratégico en el control del Estrecho. A esta iniciativa de administración plurinacional, impulsada por Francia y Gran Bretaña, se sumaron otros países europeos, EEUU, y posteriormente la Unión Soviética.

La insólita internacionalidad atrajo a Tánger a gentes de todo el mundo. Además, se necesitaron funcionarios para los consulados, militares, carteros, profesores…. Una laxa tributación convirtió la ciudad en un paraíso fiscal que aprovecharon multinacionales y bancos, así como millonarios de todas las latitudes convocados por el sitio de moda. Se podía pagar en dólares, francos y pesetas, una facilidad que impulsó el comercio y los negocios. Esta fluidez de dinero fue un imán para estafadores de todo pelaje y los contrabandistas garantizaron la presencia de cualquier mercancía en la ciudad, mientras la guerra desabastecía el continente europeo. Como cada país aportó su propias reglas y su propia policía, se produjeron situaciones de limbo legal que provocó una relajación en la aplicación de las normas. Esto propició que Tánger gozara de un ecosistema muy libre, superior al que se vivía en muchas ciudades de Europa.

La llamada de la libertad fue un anzuelo que mordió con gusto la bohemia cultural. Escritores de la generación beat como Burroughs, Ginsberg y Kerouac , así como Williams, Capote y Goytisolo fueron clientes de los modernos cafés de Tánger o se alojaron en míticos hoteles como el Continental. Paul Bowles llegó en 1947 para quedarse hasta el final de su vida y sus inicios tangerinos fueron magistralmente retratados por Bertolucci en la película El cielo protector. La estancia de Delacroix creo un efecto llamada para otros pintores como Fortuny y Matisse, que encontraron aquí nuevos matices de luz y color.

El hedonismo triunfaba en las noches de una Tánger insomne, una veces por las fiestas de las embajadas y otras por los saraos del despilfarro que montaban excéntricos adinerados. Las veladas más canallas se celebraban en los tugurios, donde se alcanzaban estados de trance mediante un cóctel de hachís y música hipnótica gnawa.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad recibió una oleada de judíos y  refugiados políticos, muchos de ellos con la esperanza de embarcar rumbo a América. Y con ellos o detrás de ellos, un ejército de espías la envolvieron en una sorda contienda de intrigas. La película Casablanca está inspirada en esta etapa que alcanzó su máxima tensión cuando Alemania toma París y Tánger se convierte en centro crucial de información para el frente de guerra del norte de África.

Franco aprovechó la coyuntura bélica para tomar la ciudad en 1940 y cumplir la vieja reclamación nacional de incorporarla al Protectorado español. La comunidad española siempre fue la más numerosa y consideraba a Tánger tan española como cualquier otra ciudad de la península. El zoco chico era su centro neurálgico, contaba con una plaza de toros, clubes de fútbol y se editaban periódicos en castellano como el España que dirigió Haro Tecglen. El orgullo patrio lo encarnaba el flamante teatro Cervantes donde actuaron Estrellita Castro, Caracol, Valderrama o Lola Flores.

La derrota nazi puso fin a cinco años de control español y Tánger recupero su estatus internacional que duró hasta su plena incorporación a Marruecos en 1960. Sin embargo, la atmósfera libertina y permisiva sobrevivió en un país donde los preceptos del islam se aplicaban en la vida pública. Fue de gran ayuda que el movimiento contraculutral de los sesenta se volviera a interesar por la ciudad. Jim Morrison, Mick Jagger o Keith Richards pasearon por sus calles seducidos por esa mezcla de modernidad y exotismo árabe. Después de la puesta de sol en el café Hafa, las juergas lisérgicas y salvajes eran constantes. Las autoridades marroquíes dejaban hacer.

Pero no era oro todo lo que relucía. La miseria se ensañaba con fuerza en gran parte de una población autóctona que soportaba una ciudadanía de segunda en su propia tierra. Esta realidad fue invisibilizada porque distorsionaba la imagen ideal que se vendía de la ciudad. Da buena fe de ello la obra del escritor marroquí Mohamed Chukri, que en su novela autobiográfica Pan desnudo describe con toda crudeza la espiral de violencia, drogas y prostitución a la que la pobreza le empujó.

A medida que la independencia de Marruecos se consolida, la ciudad entra en una imparable decadencia que mira con nostalgia los años dorados donde Tánger fue centro del mundo. Los legendarios edificios ya son sólo vestigios de un pasado esplendoroso. Aunque la tolerancia y la buena relación entre cristianos, judíos y musulmanes permanece como paradigma a exportar, las nuevas ideas y los aires de libertad entran ahora por internet o por el mar de parabólicas que pueblan sus tejados. Mohamed VI ha apostado por revitalizar la ciudad y el nuevo puerto Tánger Med y su zona franca están devolviendo pujanza a la urbe.  Muchas empresas extranjeras se han establecido al calor de la deslocalización. Ya no se trata de ser internacional, ahora se impone ser global.