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“Hay que ser consciente de que una ciudad inglesa es una vasta conspiración para desorientar a los extranjeros”. Con estas palabras definía el escritor George Mikes en su libro How to be a Brit la sensación que los visitantes sienten cada vez que se tienen que orientar en Inglaterra. Una sensación que alcanza su máxima expresión en la enormidad de Londres. Lo que no contaba Mikes es que el laberinto de streets, roads, walks, parks, gardens, views… es también un reto para los locales. Como si fuera parte del encanto de la ciudad, perderse en Londres es tan inevitable que tras unas cuantas veces se le acaba cogiendo el gusto. Pero eso tiene una solución, basta con tener el Knowledge.

The Knowledge es el difuso nombre que recibe el examen al que se enfrentan los aspirantes a conducir los icónicos taxis londinenses. Sí, para conducir uno de esos black cabs hay que hacer un examen, y no uno cualquiera. Se tarda una media de casi 3 años en aprobarlo, si es que se llega a aprobar.

Los knowledge boys y cada vez más knowledge girls, que es como se conoce a los estudiantes de The Knowledge, son casi tan reconocibles como los taxis londinenses. Suelen recorrer la ciudad en ciclomotores con un mapa desplegado y tienen algo en común con los visitantes, también están buscando su camino. Porque parte de la preparación del examen consiste en hacer 320 rutas que aparecen en un manual conocido como Bluebook. Pero eso es solo una parte de las siete que componen la prueba. Las parte más dura llegará con los exámenes orales.

El epicentro del Knowledge, y del propio Londres desde el siglo XIX, está en Charing Cross. Es en este cruce presidido por una estatua ecuestre del rey Carlos I donde comienza la maraña de 25.000 calles que los aspirantes a cabbies tienen que memorizar, aunque el contenido del examen es un poco más extenso. Todo lo que cabe en una circunferencia de seis millas de radio con el centro del famoso cruce es materia de examen. Estadios, pubs emblemáticos, restaurantes famosos, monumentos, hoteles, hospitales, embajadas o la nariz de Nelson escondida en el Admiralty Arch tienen cabida en este examen que, por suerte, no es un requisito indispensable para moverse por Londres.

En 1884, primer año del que se tiene constancia de la existencia de este examen, más de 1000 aspirantes presentaron su solicitud y, aunque parezca una broma, la vida ha cambiado poco para los cabbies desde entonces: en pleno siglo XXI los cabbies no tienen permitido usar GPS. Porque en realidad no hace falta mucho para ir de Covent Garden al Big Ben o de la Tate Modern a Buckingham Palace; basta con un poco de curiosidad, un mapa y, para los más despistados, un GPS. O preguntar a un cabbie.

Y si aun así las calles de Londres preparan alguna trampa, siempre queda disfrutar de cada uno de los descubrimientos que la ciudad guarda, lugares únicos que aparecen entre el desconcierto y la ofuscación de quien creía caminar por el lugar correcto, aunque acabe de darse cuenta de que el destino al que pretendía llegar se encuentre al final de aquella otra calle que no era street, sino lane o quizá terrace.