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Alexander Calder tuvo problemas para mostrar la que luego sería una de sus grandes obras. El estadounidense, que revolucionó el mundo escultórico en los años 30 del pasado siglo, se encontró con que el Guernica de Picasso iba a exhibirse en el pabellón español de la Exposición Universal de París de 1937. Inmediatamente se puso a disposición de los organizadores, que en principio rechazaron su propuesta de figurar a cualquier precio al lado del genio malagueño. El motivo: no era un artista autóctono. Más tarde, no obstante, cambiaron de idea. Llegó una fuente de Sevilla, utilizada en otra exposición de 1929, y necesitaba un retoque.

Photo: Fundació Joan Miró

Basándose en modelos que adornaban los harenes de Al-Ándalus, Calder se apropió del mercurio, un inquietante metal, para desarrollar su idea. ¿En qué consistía? Básicamente, en montar uno de sus famosos móviles (estructuras en equilibrio) sobre las vasijas que venían por defecto. El ingeniero mecánico unió los recipientes con varillas y los coronó con un surtidor. En este colgó un alambre de cobre con el emblema de las minas de Almadén, en Ciudad Real, de gran valor simbólico en la lucha contra el fascismo durante la Guerra Civil. Este homenaje encubierto medía cerca de dos metros de altura y de diámetro y se tituló con un explícito Mercury Fountain.

En 1939 las minas fueron tomadas por los golpistas y el montaje desapareció tras su instalación en la capital francesa. La Fundación Calder donó una réplica exacta a la Fundación Miró en 1975, que ahora se puede observar en un espacio cerrado de su sede en Barcelona. Allí se siente lo que el blog Elzo-Meridianos define como “su lento fluir tóxico, irrepetible” gracias a una temperatura adecuada y a los 6.831 kilos de aleación que donó la empresa minera, valorados en unos 9.000 euros.