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La primera vez que se oye hablar de esta tetería alicantina es siempre a través de una confidencia de un amigo que fue y volvió maravillado. Él la habrá visitado porque otro le confesó el hallazgo. Es una cadena. Cuando uno sale del Carmen del Campillo, lo hace con la necesidad irresistible de contarlo. Ir a la ‘tetería de Crevillente’, como se la conoce popularmente, es siempre un descubrimiento.

Este pequeño palacio del té se asienta en un lugar descolgado entre Crevillente y Albatera, a una media hora de la capital alicantina. Es un oasis verde y sonoro en mitad de los omnipresentes secarrales de la zona. Hace unos años, cuando uno recibía la noticia de su existencia, aprendía también que conseguir llegar no estaba, en absoluto, garantizado. Se accedía a la tetería siguiendo unas indicaciones torpes, unas flechitas poco pretenciosas en mitad de los caminos de tierra. Ahora, se llega con más facilidad.

«Esto nunca ha sido hecho para que venga la gente, es la casa donde vivimos. Nunca he querido hacer propaganda de esto por la intimidad. Antes de que salieran los móviles con cámara, yo no permitía que se hicieran fotos», cuenta a Ling Harun, el dueño del enclave. Los rumores que uno iba recogiendo antes de visitarlo incidían también en lo clandestino del establecimiento. «Llegas y está oscuro, hay una verja», te decían, «tienes que llamar».

El Carmen es un entorno amarillo por las luces de farol donde todo lo que alcanza la vista remite al mundo árabe, a Al-Ándalus. Hay vegetación temblando sobre fuentes de chorro lento; hay alfombras, mesas de madera vieja, cántaros, mosaicos. Resulta complicado decidir dónde sentarse porque todo tiene un aire de reliquia. Nadie te indica tu mesa, debes buscarla. Al pasar al edificio se tiene la sensación de haber entrado en un laberinto de otro tiempo lleno de recodos en los que acomodarse y tomar té. El ambiente invita a hablar susurrando.

«Es mi casa y la compartimos. Al comedor donde yo como entra la gente igualmente, aunque sí hay algunos sitios adonde no se puede pasar». El Carmen del Campillo no se convirtió en una meca alicantina de la noche a la mañana. Su historia se remonta a casi cuarenta años atrás.

Harun, granadino y musulmán, tenía un trabajo estable, pero lo abandonó para irse a vivir al campo, que era la vida que le apasionaba, y se hizo con este terreno de casi dos hectáreas. «Al principio solamente era una cueva para vivir, pero me gusta la decoración árabe y empecé a colocar cosas antiguas. Estamos emparentados con gente de Marruecos y siempre que voy me traigo cosas».

Nunca se plantearon vivir de esto. «Al principio era muy privado, si no conocíamos no permitíamos la entrada. Yo tenía mi ganado y las tierras, que es a lo que me dedicaba. Poquito a poco esto era cada vez más grande, y para mantenerlo todo fuimos abriendo más la puerta porque las cabras ya no daban tanta leche», ríe Harun. Los amigos más íntimos transmitieron el secreto a los suyos, y la cadena se expandió por toda la provincia. Fue la única vía, porque Harun nunca quiso hacer publicidad. Ahora tienen una web, aunque algo rudimentaria. Es un hombre que resiste los embates tecnológicos y, quizás por esa desconexión, se dedica con fervor a los trabajos manuales que le apasionan.

La decoración de la tetería impacta por su composición y su armonía. «Yo no tengo ni el certificado este de primaria, pero cuando algo te gusta…», medita. «Hay un dicho del profeta que dice que todo lo que hagas en la vida debes hacerlo con amor: si barres, barre con amor». Este enclave brotó con libertad y calma, igual que lo haría un bosque. «No ha sido un proyecto, he ido haciendo cosas según se me ocurrían». Ahí enraíza la virtud de este oasis: hoy, acostumbrados a que las ofertas presuntamente libres sean el resultado de un escrupuloso diseño, la verdadera espontaneidad nos parece casi cuestión de magia.