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No descubrimos la pólvora si decimos que Florencia es una maravilla de arriba abajo. A veces, recordar las obviedades resulta obligatorio en una época donde los estímulos visuales nos reclaman a cada zancada y proliferan las comunicaciones por medio mundo. De modo que, si el viajero aún no ha visitado esta delicia para los sentidos, ya está tardando en hacer las maletas y dejarse arrastrar por la magia.

Porque, como todas las ciudades, tendrá sus más y sus menos, pero objetivamente Florencia se asemeja a una enorme exposición permanente del mejor arte universal. En el famoso libro 1000 sitios que ver antes de morir, de Patricia Schultz, la cuna del Renacimiento ocupa un capítulo primoroso, por supuesto, que incluye una cita muy atinada del premio Nobel de Literatura Anatole France: “El dios que creó las colinas que rodean Florencia era un artista. ¡No! Era un joyero, un grabador, escultor, fundidor de bronce y pintor: era un florentino”.

Photo by Francesco Bini – CC

Cómo no, el mirador de la cima de Piazzale Michelangelo con la réplica del David en lo más alto aparece en cualquier guía que se precie, con la ineludible intención de mostrar el semblante majestuoso de la urbe. La postal asombrosa que nos regala, digna del síndrome de Stendhal, merece hacer el esfuerzo de subir la cuesta que la precede. Y hasta ahí precisamente queríamos llegar. O casi. Apenas un poco antes de coronar la cúspide.

Porque, en medio del frenesí del turismo internacional, acaso buscando un atardecer memorable, no todos se percatan de la existencia de un pequeño remanso de paz muy próximo. Se trata del Jardín de las Rosas, que data de 1865 (aunque abrió al público en 1895), se puede visitar prácticamente todo el año y está ubicado en la vía de Giuseppe Poggi, en honor al arquitecto que lo creó. Sin duda, una hermosa sorpresa tan fácil de descubrir que, como en el cuento de La carta robada de Edgar Allan Poe, pasa bastante inadvertida.

Photo by Francesco Bini – CC

Esta rosaleda de rebosante belleza alberga más de mil variedades botánicas y unas 400 especies de rosas diferentes. Desde 2011, también acoge varias esculturas del artista belga Jean-Michel Folon y un jardincito japonés, más alicientes para pasear y entregarse al sosiego de esta hectárea escalonada, de vívidos colores y gozosa panorámica.

“Desde aquí se puede admirar una bonita vista del Duomo y el Palazzo Vecchio, rodeado de inusuales obras de arte, pero lo que más me gusta es su gente, ya que se encuentran jóvenes que leen libros o escriben, artistas que dibujan Florencia con sus acuarelas y parejas con las manos entrelazadas. Un lugar fascinante y lleno de inspiración para muchas actividades diferentes”, apunta la bloguera de viajes Sara Ciolini. Y lo corrobora Francesco Bini, fotógrafo de Wikipedia al que localizamos sólo con buscar información en internet sobre este enclave donde el tiempo se detiene:

“Es un jardín de naturaleza agradable y con mucho arte. Además de las flores y las esculturas de Folon, se puede disfrutar de una gran vista de la ciudad”. A nadie se le escapa este detalle, aparte de que su acceso es gratuito. “Me encanta. Es como respirar el espíritu de Florencia”, concluye. Porque el espíritu de Florencia no sólo reside en el Ponte Vecchio, en Santa Croce o en la plaza de la Signoria.

Pohto by Sara Ciolini

Y si atendemos al propio Folon, autor de las esculturas que hay en el Jardín de las Rosas, un artista debe contemplar la vida y transmitirla con sencillez, quizá la mejor manera de explorar este balcón florentino. Sí, con el teléfono móvil fuera de cobertura, paladeando el ambiente, acariciando su calma envolvente, despojándonos del ruido y la furia, respirando hondo, mirando alrededor y saboreando la experiencia. Cada cual la suya, siempre única e intransferible. A fin de cuentas, como reflexiona Pessoa, “los viajes son los viajeros” y “lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”.

Desde el Instituto Europeo de Florencia, donde trabajan “por la difusión de la lengua, la música, el arte y la cultura italiana”, sugieren apasionadamente ver el Giardino delle rose, “uno de los más hermosos de esta ciudad”, por su entorno y para pasar un buen día. No les llevaremos la contraria. Saben bien de lo que hablan. Pero, por favor, tampoco vayamos contando a todo el mundo este secreto tan popular.

Cover by Francesco Bini – CC