Una mujer con sombrero

Niza

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Hay relaciones históricas notables entre rusos y franceses. Ambas nacionalidades han compartido bando en las contiendas más importantes del pasado siglo y han protagonizado éxodos recíprocos en sus periodos posteriores, por reducirnos a lo más reciente. En otra época, la del zar, a la alta burguesía moscovita le gustaba pasearse por la Costa Azul, el tramo mediterráneo al sur del país galo. Como centro de este ocio de lujo, Niza siempre se ha reservado un papel fundamental en estos fastos, generalmente veraniegos.

La ciudad, de tamaño medio y 342.000 habitantes, comenzó su seducción internacional a mediados del XIX, poco después de pasar a formar parte de Francia y abandonar el pasaporte italiano, país del que distan ahora unos 30 kilómetros. Fue en la Belle epoque (el periodo comprendido desde finales de la guerra franco-prusiana y la Primera Guerra Mundial) y hasta la década de los 30 cuando explotó turísticamente y sus calles se plagaron de palacios: hay casi más edificios con tal categoría que los comunes, habitacionales.

Paseo marítimo aparte (dedicado a otras latitudes: se llama Paseo de los ingleses), el trazado de sus callejuelas interiores se nombró, de forma tímida, con algún apellido eslavo. Alexandra Feodorovna, mujer del emperador Nicolás I, llegó a destinar parte de su fortuna a construir la iglesia de San Nicolás y Santa Alexandra en una de estas cuadras interiores. Poco después le hizo sombra la catedral ortodoxa de San Nicolás, más imponente, más grande y más adecuada a la creciente comunidad rusa en el lugar.

Se empezó a levantar en 1902 y se terminó en 1913. Desde entonces, la presencia rusa se ha difuminado entre visitantes ocasionales y una población variable de entre 200.000 y 500.000 en toda Francia. Uno de sus vecinos más célebres, sin embargo, ha permanecido. Nos referimos a Marc Chagall, pintor nacido en Vitebsk, al norte de Bielorrusia, que murió a los 98 años en Saint-Paul-de-Vence, pueblo a menos de 20 kilómetros de Niza y de la misma región, Alpes Marítimos.

Allí se le encargaron obras con motivos bíblicos. La razón: una galería pensada para albergar colecciones que narraran los episodios religiosos. Promovida en 1969 por el entonces ministro de Cultura y novelista André Malraux, este espacio sobre la colina de Cimiez (en desuso y cedido al Estado), interesó al artista, que tras varias reuniones decidió ocuparlo entero. Elaboró 17 lienzos con la historia de la creación, participó en la inauguración e intervino en los siguientes proyectos temporales hasta su muerte, en 1985.

“Marc Chagall regala a Francia, en los años 60 y 70, las pinturas que representan su trabajo sobre la Biblia. Estas obras constituyen la colección permanente que se enriqueció con los bocetos, vidrieras y esculturas que el autor también donó al museo. En este universo, completamente dedicado a la obra de Chagall, se fusionan perfectamente los colores utilizados de manera original y sorprendente por el pintor. En una calma monástica se invita a recorrer su camino místico”, informan desde la web de la pinacoteca.

Con una sola planta y un diseño del arquitecto André Hermant, el que en 2008  pasó a llamarse Museo Nacional Marc Chagall concentra en dos salas y una sola planta la colección. En la primera se admiran 12 pinturas de gran formato que ilustran los dos primeros libros del Antiguo Testamento: el Génesis y el Éxodo. En la siguiente penden las cinco restantes, dedicadas a El Cantar de los Cantares o El Libro de los Santos, dentro las sagradas escrituras. Todo, desplegado en una sola planta. “Es un lugar acogedor para los visitantes y está pensado para exponer en las mejores condiciones —en un espacio lleno de luz— las pinturas, mosaicos, vitrales y las obras en papel gracias a un dispositivo arquitectónico bien adaptado a la obra del artista, como él deseaba”, apuntan desde la plataforma oficial.

Vocación de masas y publicidad de por medio, el centro del pintor ruso en la capital de la Costa Azul ha pasado de 30.000 visitantes en su apertura a 200.000 en la última década. No todos compatriotas de uno u otro país, se entiende. Pero sí muchos que aprovechan para disfrutar también por un jardín donde los agapantos florecen el 7 de julio, día del nacimiento del pintor. Aparte, un mosaico recibe al aire libre y los pinos, cipreses y olivos otorgan la sombra al curioso que, esta vez sin mujer con sombrero (como en una canción del viejo Silvio Rodríguez), observan los óleos de esta figura clave del vanguardismo. Llegada de territorio soviético, participante en la Revolución y, al final, inquilino ilustre de Niza, fundamental en esa mixtura de nacionalidades.