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El mundo escandinavo ha sufrido un terremoto en los últimos años. No físico sino cultural: los han provocado sus escritores. El bum de la novela negra llegada de estas latitudes ha llenado estanterías y nos ha hecho conocer nuevos detalles sobre la vida de nuestros vecinos del norte. La llama comercial la inició Stieg Larsson con su trilogía Millennium, que se publicó de forma póstuma. En ella, el investigador Mikael Blomkvist y su partenaire gótica Lisbeth Salander se movían por una Suecia llena de mentes homicidas. En una nueva trama de investigación, podrían echar estos días un vistazo al funicular de Estocolmo.

No hay nada raro en su funcionamiento. Las estaciones siguen en su sitio, las sucesivas modernizaciones han tenido su impulso y los visitantes a esta ciudad de 1,3 millones de habitantes siguen asombrándose de la limpieza y la cordialidad del ambiente. El misterio se encuentra en uno de sus túneles. Desde hace meses, el pasillo entre Liljeholmen y la colina de Nybohov está ocupado por unos curiosos inquilinos. Decenas de peluches abandonados cuelgan de sus paredes, formando ya una sólida familia y un escaparate fugaz para flases y selfis.

Para conocer su historia habría que trasladarse al origen. Aunque todo son conjeturas. Nadie tiene una respuesta concreta. Su estancia subterránea solo aparece en fotos furtivas y páginas sueltas de internet. Ni el Ayuntamiento ni los encargados estatales del ferrocarril le dedican unas líneas. Según AtlasObscura.com, se ignora cuándo apareció el primero, pero se intuye que fue algún trabajador o alguien que lo tenía estudiado a conciencia, porque hace falta saber horarios y forma de acceso para poder colocarlos. De repente, un muñeco maltrecho se instaló en el parpadeo de los viajeros. La velocidad por este pasadizo es más lenta de lo normal en un suburbano, con una duración aproximada de dos minutos y medio, así que la gente tuvo oportunidad de confirmar esta presencia en sucesivos trayectos.

Nada más allá de lo rutinario. Una gracia pasajera que, cual manojo de basura en el andén, pronto sería retirada. Sin embargo, no pasó. Cada ascenso aportaba nuevos moradores. De repente una vaca, un gusano, un mono despeluchado. La manada empezó a llamar la atención de sus ciudadanos, que pronto intercambiaron estampas del lugar en redes sociales. Y las autoridades, por su parte, enmudecieron. Su único movimiento ocurrió en 2012, anunciando que los retirarían y los llevarían a la oficina de objetos perdidos. La presión ciudadana provocó que desistieran. Y así, mientras desaparecían los desperdicios que el viento empuja a las vías, los peluches crecieron hasta, calculan, unos 30. Necesitaríamos a Blomkvist y Salander para certificarlo.


“Se van colgando los que se dejan los niños olvidados. Y la reacción de la gente ha hecho que sus rostros alegres todavía se puedan ver decorando el funicular de Nybohov”, describen en la web citada. Las instantáneas del lugar fueron acurrucándose en aplicaciones de móviles como Pinterest o Instagram. Desde 1964, cuando se instaló esta red urbana, no habían registrado nada parecido. El funicular se construyó en plena bonanza económica de mediados de siglo XX. La capital sueca, centro financiero y político de una nación donde la mitad de sus habitantes se concentra en tres urbes, aumentó sus límites con lo que se conoció como Million Programme, un proyecto para construir un millón de residencias nuevas.

La red de transportes tuvo que ampliarse. Se puso en marcha esta línea de 230 metros con un desnivel de 37 metros. Casi todo el recorrido transcurre en un túnel de hormigón y con vagones similares a los del metro. Por 30 coronas (unos tres euros) y maquinistas para accionar el cable, muchos residentes podían subir a esta parte de la ciudad. Ahora se han suprimido los conductores y la tarifa de entrada, alentando a los ciudadanos a usarlo como alternativa al transporte privado y enmarcando este propósito entre las acciones de la capital sueca para reducir sus emisiones de dióxido de carbono (causante del cambio climático) al mínimo en los próximos años: no solo este servicio se integra en el plan, sino la implementación del parqué de bicicletas, el acondicionamiento de un carril bici por el centro y la adecuación de zonas verdes.

Este último capítulo de inquilinos inesperados podría entenderse como una aportación individual y anónima a ese objetivo nacional: la necesidad de reciclar lo usado, de reutilizar objetos que aún tienen vida por delante. Incluso se podría entender como una crítica de la volatilidad de nuestras posesiones. Aunque la incógnita de por qué están y quién los ha puesto aún no se ha despejado. Quizás la reciente continuación de esa saga de Stieg Larsson sea una gran oportunidad para que sus protagonistas desvelen el suspense.  

Photo: SgtElias – Shutterstock