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Es verano, hace calor. Mira hacia abajo y observa los pies de la gente que se cruza contigo en el paseo marítimo. ¿Qué calzado llevan puesto? Seguro que muchos usan avarcas.

La cuna de las avarcas está en Menorca y aunque hoy en día es posible encontrarlas en lugares tan alejados de allí como Italia, Turquía o Argelia, solo las auténticas están producidas la isla balear.

Su origen hay que buscarlo en aquellas primitivas sandalias que usaban los campesinos y los canteros menorquines para realizar sus faenas. Ellos mismos las fabricaban a mano, atando a las suelas unas correas o cuerdas con las que fijarlas a los pies. Y así se hicieron durante mucho tiempo, hasta que en la segunda década del siglo XX su diseño cambió para hacerse más parecido al actual.

Fue entonces cuando la suela de cuero fue sustituida por una de goma. Era una manera de aprovechar los neumáticos inservibles de los coches, y servía también para hacer un calzado más impermeable y válido para el trabajo en el campo. Los campesinos dedicaban las horas de la noche, sentados frente al fuego del hogar, para reparar sus sandalias y fabricar otras nuevas.

A finales de los 50, el diseño de las avarcas se refinó. Los propietarios de fincas comenzaron a usarlas para disfrutar de su ocio y encargaron a los artesanos una adaptación más elegante de este calzado. Aquellos modelos atrajeron la atención de los turistas que empezaban a visitar Menorca y poco a poco se popularizó como sandalia veraniega. El boom llegó en los 80, convertidas ya en un producto de moda, y con diseños más anatómicos y coloridos que mantienen, sin embargo, la esencia de las avarcas originales.